La última víctima

El COI oficializó ayer el aplazamiento de la cita en Japón para el 2021, aunque igual se seguirá llamando Tokio 2020.

El coronavirus, una pandemia que aniquiló el calendario deportivo internacional en 2020, se cobró su última víctima: los Juegos Olímpicos. La cita en Japón ayer fue aplazada. El COI hizo un giro radical en su decisión que el evento debía mantenerse en 2020 para comunicar que el mismo se llevará a cabo en 2021 y se seguirá llamando Tokio 2020 más allá de que se celebre el año que viene.

Esta determinación se comunicó después de que el COI, a través de su presidente, el alemán Thomas Bach, y el Gobierno de Japón en persona de su primer ministro Shinzo Abe, acordaron la medida ante el impacto generado por la pandemia del coronavirus.

Es la primera vez que se postergan los Juegos Olímpicos en los 124 años de su era moderna y es, si se quiere, la última gran víctima deportiva que se cobra este año la crisis del coronavirus. Aunque es el primer aplazamiento de los Juegos hay que recordar que estos fueron cancelados varias veces durante el siglo XX, con ocasión de las dos Guerras Mundiales. También en la mayor cita atlética hubo boicots, como los que se dieron en tiempos de la Guerra Fría a Moscú 1980 y Los Angeles 1984.

Distintas federaciones deportivas y comités olímpicos nacionales habían pedido en los últimos días el aplazamiento de Tokio 2020 e inclusive muchas de ellas ya habían indicado que no iban a mandar sus atletas a la cita debido a la extensión del Covid-19 y la imposibilidad de que los atletas puedan prepararse adecuadamente.

Pero la presión hacia el COI en general y a Bach en particular creció en los últimos días en medio de las críticas de distintos deportistas y federaciones por el tiempo que estaban demorando en tomar la decisión que se materializó ayer.

Los juegos se desarrollarían en principio del 23 de julio al 8 de agosto de 2021, el mismo período que se habría llevado a cabo para la malograda cita de este año. Lo que aún no quedó claro es si los atletas que ya habían asegurado un cupo en Tokio (que son más de la mitad de los que debían competir), tendrán que volver a someterse a pruebas de clasificación.

Si bien es un gran revés para Japón, que invirtió 12.000 millones de dólares en la preparación, la decisión fue un alivio para miles de deportistas, que intentaban seguir entrenando como podían, con riesgos de salud, con la disrupción de sus calendarios de entrenamientos y con gimnasios, estadios y piletas cerradas en todos lados, cada vez más confinados para combatir una enfermedad que ya causó más de 16.500 muertes en todo el mundo. Por petición del primer ministro nipón, la llama se quedará provisionalmente en la prefectura de Fukushima (al nordeste de Tokio), una de las regiones más afectadas por el terremoto y el tsunami de 2011 seguidos de un accidente nuclear y donde estaba planeado que comenzara el relevo de la antorcha. Permanecerá allí como un símbolo de esperanza, porque como destacó Bach “esta llama olímpica será la luz al final del túnel”.

Una maldición que se repite 80 años después

Si bien Tokio tiene desde 1964 el orgullo de ser la primera ciudad asiática olímpica, una maldición persigue a la capital nipona. Es que al aplazamiento de los Juegos ocurrido ayer hay que sumarle la cancelación que vivió en 1940.

La historia arranca a principios de la década de 1930, cuando los japoneses presentaron la candidatura de Tokio como un medio de mostrar su reconstrucción después del terremoto extremadamente mortal en Kanto en 1923. (Paradojas del destino o no, los nipones soñaban con convertir a los Juegos de Tokio 2020 en los “Juegos de la Reconstrucción” asociando de manera simbólica las regiones del norte donde nueve años antes habían padecido un severo terremoto, un tsunami y el desastre nuclear de Fukushima en 2011).

La candidatura de Tokio en 1940 fue orquestada por Jigoro Kano (1860-1938), el fundador del judo moderno y el primer miembro japonés del Comité Olímpico Internacional, quien luego enfatizó la importancia de llevar los Juegos a Asia por primera vez.

Japón estaba aún más interesado en organizar los Juegos Olímpicos de 1940, ya que ese año coincidió con los 2.600 años de la entronización de su primer emperador mítico, Jinmu. Tokio lanzó oficialmente su candidatura en 1932 y se encontró compitiendo contra Roma y Helsinki.

Luego, Japón lanzó una intensa campaña de asociación, logrando unir a su causa al dictador italiano Benito Mussolini, a cambio de una promesa de apoyar la candidatura de Roma para 1944. Tokio ganó la votación a Helsinki con 37 votos a 26.

Pero antes de que se presentara la candidatura de Tokio, en 1931, Japón invadió Manchuria y en 1933 renunció a la Liga de las Naciones, después de la negativa de la organización a legitimar su ocupación de parte de China.

Los preparativos para los Juegos Olímpicos en Tokio no sólo estaban en marcha sino que venían relativamente acelerados al punto tal de tener el programa deportivo establecido y los afiches impresos. La ceremonia de apertura se fijó para el 21 de septiembre de 1940.

La política expansionista japonesa alertó cada vez más a las potencias occidentales, que presionaron tanto que el Comité Olímpico Japonés finalmente se retiró en julio de 1938, señalando ligeramente que “los problemas con China” habían hecho imposible celebrar los Juegos en Tokio.

Los Juegos de Verano de 1940 terminarían en Helsinki antes de ser finalmente eliminados por el estallido de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939, al igual que los Juegos de Invierno de 1940, que originalmente se suponía que se celebrarían en la ciudad japonesa de Sapporo, en la isla norteña de Hokkaido. Se convirtieron en los Juegos Fantasma. Después de la guerra, los Juegos Olímpicos resucitaron en Londres, en 1948, una cita donde Japón no tuvo lugar por ser un país derrotado.

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