La Rusita de oro

Escribió la historia. Grande. Inmensa. Corrió los libros, se abrió lugar. Y estampó su nombre: Nadia Podoroska. La tenista rosarina de 22 años se colgó ayer la medalla de oro de los Juegos Panamericanos de Lima y es la tercera mujer argentina en poder lograrlo en singles. Sólo para dimensionarlo cabe destacar que la última vez que aquello ocurrió, la Rusita ni había nacido. Ayer, en otra tarde inolvidable para ella en Perú, se impuso en un partido tremendo a la estadounidense Caroline Dolehide por 2/6, 6/3 y 7/6 (4) y se subió a lo más alto del podio en el Lawn Tennis peruano, sede de la competencia, donde el público la hizo sentir verdaderamente local. Fue la favorita.

   Sólo Mary Terán de Weiss en Buenos Aires 1951 y Florencia Labat en Mar del Plata 1995 supieron, hasta ayer, lo que era ser campeona panamericana. Un logro inmenso que cobra vida ante esos nombres, especialmente el de Mary, también rosarina como Nadia y además una leyenda del tenis argentino, la primera top ten mundial contabilizando hombres y mujeres. Parece fuera de contexto, fuera de época, tan lejano que propone un ejercicio forzado de imaginación. De aquella jugadora a esta, tantos años, tanta historia… Y la propia Podoroska hoy como una más de ellas. Incluso siendo la primera que lo consiguió fuera del país. Definitivamente, ayer cambió la vida de la rosarina. O muy probablemente cambiará. No sólo por esa medalla sino por el quiebre que le puede significar a su disciplina. Además, el sábado, al asegurarse la final, la rosarina se garantizó una plaza olímpica (para hacer uso de ella deberá estar entre las 300 del mundo en junio de 2020) a Tokio, lo que devolverá a una jugadora argentina en singles a esa competencia tras Gisela Dulko en Beijing 2008.

   Demasiado grandes y demasiado nuevas fueron la mayoría de las cosas que le sucedieron a Nadia en estos días en Lima, especialmente después de esas semifinales en las que aseguró medalla y pasaje a Japón. Ahí quizás se entienda un poco quizás por qué ayer le costó tanto el inicio del partido. Se la vio tensa, con gesto adusto, sin poder soltar los golpes con naturalidad y por eso la norteamericana la avasalló en los 36’ que duró ese set. Fue a la silla, respiró profundo varias veces, corrió y se movió por la línea de fondo para aliviar tensiones y en el segundo sacó a relucir parte de esa gran versión que la había llevado hasta ahí y ganó el segundo parcial. Pero en el tercero volvieron las fluctuaciones y casi desde las cenizas (por qué no usar la metáfora del polvo de ladrillo), se reinventó. Podoroska estuvo 0-4 en el tercer segmento, match point en contra y luego 0-4 en el tie break. Levantó todo con un tenis y un corazón enormes. Perdido por perdido fue a buscarlo. Y lo encontró. Vaya si encontró…

   Tirada en el piso de la cancha central, manos en la cara, lágrimas incontenibles y el polvo pegado en la piel. Nadia Podoroska ganó uno de los dos partidos más transcendentales de su carrera (otro fue el de las semifinales) y lo celebró mirando al cielo. Lejos, en Rosario, una familia completa festejó en el barrio de Fisherton que los sueños de esa nena inquieta, que empezó a molestar con el tenis cuando apenas tenía cuatro años, se están haciendo realidad. Después de un par de temporadas duras, de lesiones, decisiones e incertidumbre, la rosarina inició este año con un único objetivo por encima del resto: “Estar sana para poder competir”. Se instaló en Alicante, España, donde tiene nuevos entrenadores y reside allí en busca de más oportunidades para competir. Ahora le llegó este premio, esta semana que tiene tono de hazaña y que la obligará a reformular esos planes otra vez, porque definitivamente ya está en otro lugar.

   Nadia Podoroska es medallista de oro de los Juegos Panamericanos de Lima. Es la campeona continental que sintió y creyó y que desde hoy tendrá otro horizonte por delante. Que se abrió un panorama para ella pero también para su deporte en la rama femenina. Es la bisagra. Es la elegida.

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