Descartan la hipótesis de robo en la ejecución a balazos de un policía

Una o dos personas estaban en el auto del suboficial Cristian Ibarra la noche del lunes, cuando lo mataron con seis disparos en la cabeza.


perforado. En el parabrisas del Peugeot 308 del policía asesinado quedaron marcas de tres balazos.

Media docena de balazos en la cabeza terminaron con los días del suboficial de policía Cristian Exequiel Ibarra. Ocurrió el lunes alrededor de las 21.30 en la esquina de Deán Funes y Larralde, en el barrio Godoy, a metros del ingreso a la escuela Nº 6016 “Doctor Victoriano Montes”. Ibarra fue hallado inerte en el interior de su Peugeot 308 negro. Había recibido impactos en la nuca, sobre el parietal y el occipital derechos. “La posición del cuerpo indica que fue atacado desde adentro del mismo auto”, que aún estaba en marcha y con dos puertas abiertas cuando llegaron al lugar los pesquisas de la Policía de Investigaciones (PDI). Los mismos agentes comprobaron que a la víctima no le sustrajeron los dos celulares que llevaba, su billetera y una mochila infantil perteneciente a uno de sus dos hijos. En el interior del auto se secuestraron siete vainas servidas calibre 9 milímetros y un casquillo del mismo calibre a metros del auto.

“Escuchamos detonaciones, pero pensamos que eran los pibes del barrio haciendo cortes con las motos. Después oímos el motor de una moto y cuando nos asomamos vimos un auto con el motor encendido, las puertas abiertas y el conductor muerto”, describió un vecino.

Una saga sin límites

Rosario parece haberse transformado en un territorio libre de sorpresas. Una ciudad donde un suboficial de la policía provincial, vestido de civil, puede ser asesinado una noche en un barrio periférico en el interior de su vehículo con seis balazos calibre 9 milímetros en la cabeza sin que le roben nada, lo que aleja la hipótesis de investigación de un homicidio para ocultar un atraco.

El de Ibarra fue el tercer homicidio con tinte mafioso ocurrido en las últimas 96 horas. El viernes a las 7.15, en Brown al 2800, Carlos Ariel “Patito” Señuque, de 41 años, fue acribillado a balazos cuando esperaba ingresar con su auto a una cochera; el domingo, a las 6 de la mañana, un grupo de cinco personas que salieron de un pool ubicado en Arijón y Balcarce fueron atacados a balazos y como consecuencia de ello fallecieron Gustavo Germán Candia, de 35 años, y Tiziana Valentina López, de 15. Otras tres chicas de entre 17 y 18 años recibieron balazos pero salvaron la vida. En el lugar los agentes recolectaron 17 vainas servidas.

Si bien a lo largo de las últimas décadas las disputas por territorios para el desarrollo de actividades delictivas nunca desaparecieron, la ferocidad de ataques con tinte mafioso y con armas automáticas que disparan a repetición parecen hacerse transformado en un sello de estos tiempos. Y como sucediera en los asesinatos a balazos ocurridos esta semana, cada dato en el relato abre una nueva ventana ligada a la noche rosarina y a sus oscuras historias.

¿Solo o acompañado?

Cristian Exequiel Ibarra tenía 29 años y los últimos nueve los pasó como suboficial de la policía santafesina. Estaba adscripto a la Oficina de Gestión Judicial (OGJ) que administra la estructura administrativa del sistema penal santafesino. Su lugar de trabajo era el viejo edificio de Tribunales de Balcarce y Pellegrini, aunque según se pudo establecer, estaba con carpeta médica tras haber sufrido hace poco tiempo un accidente de tránsito.

De acuerdo a lo que se pudo reconstruir, el lunes alrededor de las 21.30 Ibarra estacionó su Peugeot 308 Feline modelo 2012 casi a las puertas de la escuela Nº 6016, en la esquina de Larralde y Deán Funes, sobre la ochava sudeste. El auto quedó con su capó mirando hacia calle Rivarola, distante unos 200 metros, ante un mural en la pared del club Victoriano Montes que reza “Sin potreros no hay Maradona”; y a unos 150 metros del ingreso al club Loma Negra, en Larralde al 3500.

Cuatro meses atrás, el 27 de marzo, en medio de un basural ubicado en ese sitio fue hallado el cuerpo de un hombre ejecutado con un balazo en la cabeza. Era Mario Alberto Álamo, de 39 años y con residencia en la localidad cordobesa de Monte Buey cuyo paradero era requerido por la policía mediterránea.

El fiscal Miguel Moreno trata de determinar si Ibarra llegó solo a ese punto o si lo hizo acompañado por una o más personas. “No sabemos si llegó al barrio con dos personas, si llegó y se encontró con esas personas, o si lo abordaron por la fuerza y se le metieron en el vehículo”, explicó el fiscal ante la consulta periodística.

   Lo concreto es que dos personas estaban con el policía vestido de civil. Por datos recabados a partir del relevamiento de la escena, una de esas personas podría haber estado sentado a su lado como acompañante y el otro en el asiento trasero. Los vecinos indicaron que a la hora del ataque fatal, las 21.30, muy poca gente circulaba por la zona y la escuela estaba cerrada. Dicen haber escuchado detonaciones, pero pensaron en “cortes de moto” producidos por los muchachos de la barriada.

   Cuando pasó la balacera y los vecinos salieron a la calle, se toparon con el 308 en marcha, con las puertas delantera derecha y trasera izquierda abiertas y con Ibarra agonizante en el asiento del conductor con su cabeza hecha un estropajo. El auto tenía en su guardabarros trasero derecho dos impactos de bala, aunque posteriormente se determinó que eran de antigua data.

   Algunos vecinos dijeron haber visto cómo se alejaban dos hombres jóvenes corriendo y otros indicaron que escucharon una moto alejarse a toda velocidad. En el parabrisas del Peugeot, sobre el lado del conductor, quedaron agujeros producidos por tres impactos de bala. Al costado del auto un gran manchón de sangre sobre el pavimento. Al revisar el rodado, los policías hallaron dos pistoleras pero ninguna arma. Así que infirieron que el arma reglamentaria de Ibarra, una Taurus calibre 9 milímetros, había sido robada. En el interior del vehículo había dos celulares, una mochila infantil y una billetera.

   “El móvil aún no esta claro, aunque resulta improbable que se haya tratado de un robo ya que todas las pertenencias de la víctima, excepto su arma reglamentaria, estaba en el lugar”, indicó el fiscal Moreno al ser consultado sobre el motivo del homicidio.

   Durante toda la jornada la vida de Ibarra fue una usina de rumores y versiones. Varias de esas versiones están ligadas a una supuesta relación de la víctima con el mundo del narcomenudeo. “Por las características del caso no puedo confirmar ni me atrevo a descartar” esas versiones, dijo Moreno. En el barrio, un testigo refirió a los apodos de dos muchachos como autores del crimen, pero al constatar que se trataba de personas mencionadas en una de las hipótesis que trabaja la Fiscalía esos datos se preservan hasta ser oficializados por Moreno. En la escena del crimen no se observan a simple vista cámaras de videovigilancia y fuentes de la investigación confiaron que por el momento no se había podido dar con testigos presenciales del ataque.

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