Chile: la nueva clase media reclama su lugar al sol

La crisis de Chile llegó sin previo aviso, como sus terremotos. El presidente Sebastián Piñera rectificó en público su exabrupto inicial, “estamos en guerra”, pidió perdón, presentó una serie de reformas y ordenó la renuncia de todo su gabinete, que ayer recompuso con una vistosa virada al centro, dejando de lado a los “duros” de su alianza.

Hay que analizar, primero, de cerca el brote de descontento y furia. Poniendo la lupa. El 18 de octubre hubo una primera protesta más o menos masiva por el aumento de 3,75 por ciento del metro. Los estudiantes hicieron las “evasiones” (se saltaron los molinetes) del metro y los carabineros los reprimieron con su conocida dureza. A la noche estalló una verdadera guerrilla de bombas molotov y fueron quemadas 20 estaciones del metro y 77 resultaron dañadas, además de un rascacielos de una empresa de servicios eléctricos y al menos 16 colectivos. Esto ya no es bronca estudiantil sino una operación bien planificada. El mejor servicio de transporte de la región quedó fuera de servicio por tiempo indeterminado. Resulta difícil creer que los trabajadores y estudiantes se hayan autolesionado de esa forma. Esta explosión de violencia extrema con gran daño de los bienes públicos es atribuible a pequeños grupos anarquistas bien organizados, que se subieron a las protestas estudiantiles.

Si ahora se retrocede el encuadre y se hace una “toma general”, se observa que en las elecciones de hace solo 2 años, la práctica totalidad de los chilenos votó a la derecha, al centro y a una izquierda moderada. Dentro de la izquierda, se eligió al independiente Alejandro Guiller, de la coalición de Bachelet, Nueva Mayoría, que pasó al balotaje con Piñera, y a la periodista Beatriz Sánchez, postulante de un Frente Amplio que se referencia explícitamente en el que gobierna Uruguay. Luego aparece Enríquez Ominami. No hay en este espectro, que suma casi todo el voto de izquierda, nada similar a maximalismos leninistas.

Los chilenos deberían preguntarse entonces si han estado dando el mensaje equivocado a su sistema político todos estos años, y en especial cuando en 2017 desecharon la vía reformista mostrada por la segunda presidencia Bachelet, la más “radical” de todas las presidencias chilenas desde el retorno de la democracia, para elegir a Piñera en lugar de Guiller. La mayor manifestación de la historia del país, el viernes pasado en Santiago, es un llamado de atención que va mucho más allá de Piñera y de la derecha. Si los chilenos creen que el proceso moderado debe dar paso a uno más radical, más jacobino, con una redistribución mucho más marcada de la riqueza, han cambiado de parecer bruscamente y en apenas dos años. No deja de ser llamativo, y francamente no parece que sea así.

Como señalan analistas que son profundos conocedores del caso chileno, las nuevas clases medias que ha creado el crecimiento de la economía a lo largo de más de 30 años tiene nuevas demandas. Escribió Raúl Ferro en Análisis Latino: “hace más de 15 años Felipe González reflexionaba, a propósito del éxito económico de Chile, de su propia experiencia en España: con el crecimiento del PIB per cápita, llegaba un momento en que la administración de expectativas de la ciudadanía se convierte en un problema complejo y delicado. Chile parece no haber estado a la altura de ese desafío. Parte de la clase dirigente del país se quedó estancada en una engañosa zona de autocomplacencia y crecientemente desconectados”). En todo caso, los chilenos deberán esperar dos años más al próximo turno presidencial. Los que quieren “echar” a Piñera son una minoría, la misma que festejó la quema de trenes y colectivos. Tal vez, antes de tomar medidas definitivas, los ciudadanos deberían estudiar lo que ocurre en la región. Lo que se observa no es para nada superador de lo que ellos tienen.

En cuanto a la desigualdad en Chile, la pobreza baja sistemáticamente desde hace décadas. Según la Cepal, en 2017, luego de Uruguay, Chile era el país de la región con el más bajo índice de pobreza. En el largo plazo, la pobreza bajó de 53 por ciento en 1987 a 6,4 por ciento en 2017. Pero hay otro parámetro: la desigualdad. Medida por el coeficiente de Gini, indica que Chile mantiene un grado alto y sostenido: arriba de 0,45 (este coeficiente es cero con igualdad absoluta y 1 con desigualdad absoluta). Para tener un parámetro, dentro de los países de la OCDE, a la que pertenece Chile, las naciones mejor ubicadas tienen valores en torno a 0,25 (Eslovaquia, la mejor, con 0,24). O sea que Chile bajó drásticamente la pobreza pero mantiene una desigualdad muy grande, en lugar de hacerla descender. Los economistas liberales tienden a resaltar lo primero, un logro indudable del modelo chileno basado en un crecimiento sostenido y acumulativo, y a descartar lo segundo. “Lo que importa es bajar la pobreza con crecimiento”, afirman a coro por estos días. Pero en las sociedades democráticas desarrolladas la desigualdad es muy baja. Ejemplos modélicos: Japón, Alemania, la citada Eslovaquia, su hermana República Checa, Eslovenia, todas en torno al 0,25/030. Muchas no son naciones riquísimas, pero sí prósperas, pacíficas y muy ordenadas. En general, en las naciones desarrolladas, casi un 90 por ciento de la población se puede considerar de clase media. Eso falta en Chile pero también en toda América latina: no es mejor el coeficiente de Gini de Bolivia, ni Ecuador luego de Correa, ni Argentina luego de casi 13 años de políticas K, en diciembre de 2015.

En cuanto a la educación, señala el especialista Nadororwski: “Chile tiene las tasas de escolarización más altas de América Latina y también las de calidad educativa en las pruebas Unesco y Pisa. La educación obligatoria es gratuita. La reforma Bachelet de 2015 prohíbe aranceles y lucro en privadas subvencionadas”. El prejuicio del progresismo en este terreno parece sencillamente falso.

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