AZULES.

El fenómeno se repitió tantas veces, que Carolina Lesot llegó a creer que el cuadro era en verdad una ventana frente al mar, que la escena del puerto cobraba vida durante la noche o que, por algún encantamiento, la copia del original la trasladaba hasta el lugar donde Monet(1) pintó ese amanecer pleno de luz. Los puertos siempre la habían conmovido, ellos suelen ser abrigo de los recién llegados y dársenas eternas de las despedidas. Había adquirido aquella reproducción en una importante galería de arte y la ubicó en el dormitorio de manera tal que, bien iluminada, obrara como un faro sobre la textura de azules. La extraña percepción se materializaba a la hora de la vigilia, cuando lo real y lo onírico no podían separarse. Todo comenzaba como un juego, Carolina, para conciliar el sueño, se detenía en los distintos elementos de la tela: el disco naranja trepando el horizonte, el reflejo amarillo modificando la tonalidad del agua, una canoa avanzando en la penumbra, algunos barcos en la niebla… Sus pupilas recorrían aquellas formas una y otra vez hasta que la secuencia cobraba movimiento y la joven interactuaba dentro del escenario. Podía oír el rumor de las olas y sentir la fresca espuma mojándole la cara. Ella, sentada en la embarcación, remaba hacia el muelle, pero las sombras alcanzaban la imagen y la visión desaparecía antes que llegara a la orilla. Aquello era un mensaje, quizás una invocación de sus afectos o una búsqueda de si misma. Una y otra vez intentó completar ese rompecabezas que la niebla le ocultaba. ¿Era el puerto un nudo de amarre, un punto de enlace con sus raíces o un lugar misterioso? Hija de extranjeros, había nacido lejos de la tierra de sus ancestros y no conocía a sus parientes. Su padre, por un natural desapego, había impuesto mayor distancia con su familia desde que se radicó en Buenos Aires, y esa carencia afectiva era una deuda pendiente para Carolina. El interrogante perduraba, pero intuía que aquel enigma habría de resolverse algún día, que algo inesperado le ocurriría.
La respuesta llegó junto con aquel hombre mayor que le extendió la mano en la puerta de su casa. Ella lo reconoció sin mediar una presentación, esos ojos tan claros, tan iguales a los suyos, se lo expresaron en silencio. Sin anunciarlo, el abuelo ausente había cruzado el mar, atraído por los sueños de “Carol” o empujado por los suyos propios. La búsqueda había finalizado.
El amor enlaza continentes, es un milagro que materializa nuestros deseos. Carolina descansa… el agua azul permanece inmóvil dentro del cuadro.
Lilian Cheruse
(1) “Impression: Soleil levant”- Claude Monet – 1872 – La pintura del Puerto de Le Havre dará nombre al movimiento impresionista.
“Lilian Escribe”, Lilian H. Cheruse Ed. Cuenta Conmigo, 2010

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